
Odio... A veces me plantié que era desperdiciar mucha atención en personas que no se la merecián. Me repetí a mi misma que no iba a pecar con odio, que no vale la pena, no hay nadie que merezca odio, por más que sea la peor persona del mundo; Que se merece compación
Pero ella, ella no merece eso de mi.
Ella merece desprecio, odio, rencor; A veces pienso en venganza, pero para empezar, con detestarla por sobre todo, creo que está bien.
La odio. Si, lo sé. La odio tanto.
A veces pienso en estrujarla, hacerla sufrir aunque sea un poco de lo que ella hizo sufrir, que sienta por un momento lo que es el dolor, que sienta compacion de si misma, que sienta vergüenza y piedad, que se arrepienta. Que desee desaparecer, que desee no haber nacido... Lo pienso mucho... Pero la práctica no es tan sencilla, manejar las necesidades y los deseos, una oleada intermitente de cosas que fluyen y afloran por los poros, y te manejan las ganas de vencer, y te debilitan las consecuencias que por dentro te carcomen la conciencia...
Y sentís por la piel una sensación lánguida y desagradable, y al mismo tiempo, un fresco olor a jazmín recién cortado... la sensación de una victoria que por miedo a no alcanzar nunca la luchaste...
En fin la odio. Con todo lo que se llama ser. Por ser una niña cruel y cruenta. Por no valorar, por no apreciar, por mentir, por herir, por no saber que es lo que quiere y desea, por haber aparecido en mi vida, y marcarla así... Por no querer desaparecer de mis más desagradables sueños, por no amar